1 cosas que nadie te contó sobre Cambiar Azulejos | cambiar azulejos

João Pessoa es una de las ciudades brasileñas más desconocidas por el turismo extranjero, a pesar de albergar un accidente geográfico único: el punto más oriental del continente americano, el ombligo de esa panza del mapa de Brasil que señala a África. Además, es la tercera ciudad más antigua del país.

“Aquí o sol nasce primeiro”, se lee en el frente de un vetusto puesto de venta de cocos en Cabo Branco. “Coco mais oriental das Américas”, pone en un lateral del chiringuito. El cabo siempre pretendió ser el más importante referente turístico de la ciudad, pero hoy presenta un aspecto un tanto decadente como consecuencia de los deslizamientos de tierras producidos por la erosión, que limitan el acceso a este balcón natural desde el que se observa la inmensidad del Atlántico, sabiendo que más al este ya no hay tierra continental. En realidad, el punto más oriental de América no es exactamente Cabo Branco, sino Ponta de Seixas, una playa situada solo 800 metros más al sur.

El ayuntamiento trabaja para frenar los deslizamientos e insiste en apostar por el cabo como icono, en cuyo límite destaca un moderno faro con su base en forma de estrella, construido en 1972. Más moderna aún, aunque desde el balcón atlántico no se vea a causa de la vegetación interpuesta, es la Estación Cabo Branco, una suerte de museo de las artes y las ciencias diseñado por Oscar Niemeyer e inaugurado en 2008.

El bochorno de João Pessoa, capital del estado de Paraíba, es el mismo calor húmedo de todo el nordeste brasileño. Sus playas urbanas, como la de Manaira, Camboinha, Tambara o Intermares, son recorridas por un paseo costero con carril bici flanqueado por hoteles y apartamentos que, al atardecer, con la temperatura un poco más suave, se convierte en una especie de gimnasio al aire libre. Aunque quizás la más singular de todas las playas del casco urbano sea la de Seixas que, en función de la marea, permite bañarse en unas piscinas naturales en el océano donde no es difícil observar distintas especies de peces, moluscos, crustáceos o incluso tortugas.

Otra playa especial, en este caso fluvial, es la del Jacaré, situada en la desembocadura del río Paraíba, donde muchos pessoenses acuden cada tarde a ver la puesta del sol mientras dos músicos, a bordo de embarcaciones, interpretan consecutivamente el Bolero de Ravel y el Ave María. La playa del Jacaré está frente a la isla también fluvial de la Restinga, donde antiguamente funcionó una leprosería y que hoy es una reserva ecológica apta para practicar el ecoturismo.

Saliendo de la ciudad, las playas cercanas como Areia Vermelha, situada a una veintena de kilómetros, no tienen nada que envidiar a las de estados nordestinos más populares turísticamente en el exterior, como Bahía, Ceará (Fortaleza), Pernambuco o Río Grande do Norte. João Pessoa está a solo 189 kilómetros de Natal y a 120 kilómetros de Recife, lo que permite perfectamente cubrir estas distancias por carretera.

A pesar de que la mayoría de los principales monumentos han ido restaurándose en las últimas décadas, el casco histórico de João Pessoa tiene esa atmósfera decadente de muchas ciudades brasileñas -especialmente en el caluroso norte y en las áreas selváticas- que aporta un atractivo diferente, amplificando esa sensación de que el tiempo se detuvo en algunas calles y rincones.

Un paseo por el centro colonial debe llevar obligatoriamente a iglesias como la de São Francisco, São Frei Pedro Gonçalvez, Nossa Senhora do Carmo, Misericordia, a la capilla de Nossa Senhora da Penha, al monasterio de São Bento o a la basílica de Nossa Senhora das Neves. En la ruta a pie tampoco puede faltar la Casa de la Pólvora –viejo polvorín- o la Casa de los Azulejos, antigua residencia del comendador Antonio Santos Coelho, que recuerda el pasado portugués, con sus cuatro fachadas recubiertas de azulejos traídos el siglo XVIII de la fábrica Devezas de Oporto.

También merece la pena acercarse al viejo hotel Globo, situado en un promontorio y hoy convertido en centro cultural, desde cuya terraza se tiene una perspectiva de la ciudad y otra puesta de sol magnífica, alternativa a la de la playa del Jacaré.

Con algo más de 800.000 habitantes, la capital de Paraíba cambió varias veces de nombre. Fundada en 1585 por los colonizadores portugueses como Ciudad Real de Nossa Senhora das Neves, fue rebautizada en 1588 como Filipeia en honor a Felipe II, que acumuló los reinos de España y Portugal. Entre 1634 y 1654 la ciudad pasó a dominio holandés y fue renombrada como Frederikstad, convirtiéndose en uno de los mayores asentamientos neerlandeses en el territorio americano de la Nueva Holanda, que ocupó buena parte del nordeste brasileño.

Posteriormente fue denominada Ciudad de Parahyba y hasta 1930 no adquirió el actual nombre en homenaje a João Pessoa Cavalcanti de Albuquerque, político paraibano asesinado ese año en Recife siendo presidente del estado -equivalente al actual gobernador-, pocos meses después de ser derrotado como candidato a vicepresidente de Brasil acompañando en la fórmula electoral a Getúlio Vargas.

Sin embargo, el debate por volver a cambiar de nombre sigue abierto y algunos pessoenses proponen que la urbe pase a llamarse Cabo Branco para dejar bien claro que, orgullosamente, el sol de América sale por su ciudad.

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