20 El Banquete Platon que había ido muy lejos | el banquete de platón

Darío Sztajnszrajber enseña Filosofía y sabe hacerlo de manera de llegar a un público muy amplio, metiéndose con las cosas que duelen y que importan. Ahora publica “Filosofía a martillazos”, un libro dividido en seis clases. Aquí, un extracto de la primera.

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Estos días previos a nuestra clase de hoy sobre el amor recibí muchos mensajes de parte de ustedes. Hubo una especie de hormigueo en las redes rosarinas… Incluso alguno —que debe estar acá— escribió que era un momento cúlmine en su existencia… ¿Les parece que es para tanto? Les quiero decir algo: al amor hay que hacerlo, no pensarlo. Lo digo incluso en contra no solo de mí mismo sino de esta clase, ya que acá vamos a hacer todo lo contrario. Vamos a pensarlo, a darle vueltas. Eso. Vueltas, le vamos a dar vueltas: gran metáfora de lo inconsumable… Lo primero que quiero decir, aunque parezca una perogrullada, es que existe una relación íntima, carnal, entre la filosofía y el amor: ustedes saben que la filosofía en su origen etimológico es amor a la sabiduría. Todo lo que se diga, se piense, se reflexione, se desenmascare o se cuestione sobre el amor se traslada entonces al mismo tiempo a la filosofía. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, probablemente se trata de dos acontecimientos muy diferentes: cuando pensamos al amor nos parece algo más del plano de la emoción, algo que no convoca al pensamiento, o que en todo caso se halla en una relación conflictiva con la razón; mientras que la filosofía parece todo lo contrario: una actividad neta y puramente racional. Ligar la filosofía con el amor parece medio extraño a priori. Incluso hasta se molestan en algún punto. Hay un ideal de la filosofía que desistiría de toda “contaminación” emocional, pero al mismo tiempo hay un ideal del amor como aquello que trasciende la frialdad del cálculo mental. Será cuestión entonces de desidealizar un poco para ver sus conexiones.

Tal vez el libro más emblemático sobre el amor que se haya escrito en filosofía sea El banquete de Platón, libro al que vamos a estar recurriendo durante toda la clase. Trata de una hermosa polémica que diferentes comensales en la sobremesa entablan sobre la naturaleza del dios Eros,  una de las deidades que representaba al amor en el mundo griego. Cada nuevo orador va debatiendo con las tesis anteriores hasta que en el penúltimo discurso Sócrates busca superar todos los discursos escuchados y lleva la reflexión a otro plano: lo que empezó como un debate sobre el amor por el otro, el amor de pareja, se va transformando en el discurso de Sócrates en un amor cada vez más existencial, más —por qué no— ontológico, un amor por el saber (en griego filosofía), un amor por las ideas, un deseo por lo absoluto. En un salto conceptual, pensar al amor como un vínculo con el otro nos va llevando a comprender que detrás de todo amor hay siempre, según Platón, un deseo por el todo, un deseo de trascendencia. ¿Será el amor por el otro entonces una excusa, solo un hilo conductor hacia un propósito más grande? O al revés, ¿será la imposibilidad de alcanzar el absoluto lo que nos degrada en meros vínculos humanos, demasiado humanos?

Metido en el mundo. Sztajnszrajber en el debate por la legalizacion del aborto, el año pasado. / Lucía Merle

De hecho, la primera definición —si quieren decirlo así— importante, la primera aparición importante del término filosofía en la cultura griega data de El banquete. Como si les dijera que Platón utiliza la cuestión del amor por el otro como un disparador para hablar del único amor que le interesa, que es el amor al saber, de nuevo, la filosofía. No es que no le interese el amor entre las personas, pero a lo largo del libro va resultando casi como una plataforma para alcanzar un amor más pleno —si lo hubiese, ya lo discutiremos—, que es el amor al saber.

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Un primer dilema fuerte atraviesa la cuestión del amor: la posibilidad de su realización. ¿Alcanza el amor su objetivo? ¿O no? Si lo llevamos a la filosofía diríamos que la filosofía parece más una búsqueda inagotable, una especie de deseo por saber que nunca termina de colmarse, ya que cada vez que la filosofía alcanza una nueva instancia de saber no hace más que profundizar nuevas búsquedas. Como si la receta de la filosofía fuese estar buscando un saber que sabe que nunca termina de alcanzar.

¿Y no es el amor eso? ¿No se juega el amor, en algún sentido, en esa especie de vocación por tratar de alcanzar algo que siempre se nos escapa?

En la tele. Mentira la verdad (filosofía a martillazos), uno de los ciclos de Darío Sztajnszrajber en Canal Encuentro.

¿Y no sucede que, si no se nos escapa, o sea, que si lo alcanzamos, lo que se produce de manera paradójica es más bien su propia disolución?

Paradoja trágica del amor: búsqueda que cuando logra alcanzar lo que busca se disuelve como búsqueda. El problema es que, si el amor es la búsqueda, parecería que siempre debería estar a metros de alcanzar su objetivo.

Siempre a metros, pero sin nunca lograrlo, ya que un amor que cierra es un amor que desaparece. Por lo tanto, en el amor como búsqueda hay una necesidad de que siempre quede algo abierto, una búsqueda que desde el principio se sabe imposible. Ahora, si el amor es lo abierto, ¿cómo podría lo abierto cerrarnos?

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Si lo abierto es compañero del amor, por lo menos ya podemos, para empezar, eliminar la iconografía imaginaria del amor de verano, amor de bronceador, amor como camino a la felicidad, amor como rostro sonriente de publicidad de dentífrico. Y también podemos borrar la idea de que el amor genera sosiego, genera tranquilidad, genera estabilidad. Lo generaría si el amor fuese realmente la posibilidad de acceder a una plenificación. Con esto no digo que el móvil del amor no sea plenificarnos. Estoy diciendo algo peor: que siendo el móvil del amor la búsqueda de la plenitud, sin embargo nunca puede alcanzar ese propósito final. Se nos cae todo un dispositivo que entiende la relación de medios a fines como una relación utilitaria.

¿De qué sirve el amor si, en tanto medio, no nos brinda la consecución de ningún fin? Dos cosas: una, ¿sirve el amor? Y dos, subversiva tarea la de pensarnos impulsados por lo imposible. El amor, un imposible que solo siendo imposible cobra sentido y por eso, cuando es posible, nunca cierra… Pero además el amor tiene algo de inevitable. Lo trágico del amor es que no se puede no amar, con lo cual su carácter paradójico entra en tensión con su carácter ontológico; o sea que si en todo amor hay siempre algo que no cierra, y el amor está en todo, entonces en todo lo que hacemos hay algo que no cierra… ¿Qué cagada, no? Es cierto que podemos buscar prácticas más ascéticas en relación a lo que uno hace, pero incluso el ascetismo es una forma de erotismo: que algo no nos afecte es una forma de la afección.

En escena. Cientos de jóvenes escuchando a Sztajnszrajber en el Centro Cultural Konex, en 2015 / Martín Bonetto

Creo que el amor atraviesa todo lo que hacemos. Hay amor en ustedes para venir acá, a una clase de filosofía, un miércoles a la noche; hay amor en todo lo que hacemos porque todo lo que hacemos está atravesado, de algún modo, por el deseo. Y es el deseo quien termina siendo clave en la construcción de sentido de nuestras acciones. Intentamos que todo lo que hacemos cobre sentido, y con ello, nos cierre. Ese cobrar sentido, ese impulso por dotar a las cosas de algo más que su mera presencia, es el amor. Ese “algo más” coloca al amor en el plano de la trascendencia. Erotizar la existencia es intentar que todo sea algo más de lo que es. Y sin embargo este eros tiene la figura de la paradoja: ese sentido denodadamente buscado nunca llega.

Interesante repensar la cuestión del sentido. Vayamos por ejemplo a Heidegger para replantear la cuestión del sentido en el dilema entre la pasión y la razón. Parecería que todo lo que hacemos tiene una explicación, o por lo menos debería tenerla; pero muchas veces el móvil que hace que nos arrojemos a lo que hacemos encuentra esa explicación después. Primero actuamos y después justificamos lo que hacemos. Primero actuamos  y después justificamos. El móvil siempre es previo. Y además, es emocional. Heidegger decía eso: ojo que nuestra relación con las cosas primero es afectiva y después es racional. Que hayamos construido la imagen de un ser humano que ejecuta lo que antes piensa es otra cosa: es una manera de autojustificación, de expiación, incluso de autoelevación de nuestras capacidades. Pero hay algo que no manejamos, una disposición afectiva.

Nuestra apertura al mundo primero es afectiva; o sea, las cosas nos afectan. Disponen en nosotros estados de ánimo. Las cosas nos van o no nos van, y después armamos todo un sistema de justificación racional para que cobren sentido en nuestro entendimiento. Angustia, miedo, alegría, meras palabras que no logran articular algo que nos conmueve en lo más íntimo.

La existencia supone esta zona de indefinición conceptual. Existencialismo básico: la razón viene siempre después. Por eso el mundo, en el fondo, no tiene sentido, porque en el fondo no hay fondo. El amor, claramente, tiene que ver con esa zona de indefinición. Ojalá fuese explicable… Aunque muchos dirán que no, que lo interesante del amor es justamente esa zona de indefinición, de inmanejabilidad. También. Pero ojalá, sobre todo cuando uno padece el amor, ojalá uno pudiera controlar sus sentimientos, como dice ese bello tema de los Virus. ¿Se acuerdan? “Vamos controlando los sentimientos”. Panacea de felicidad que los sentimientos se deriven maquinalmente de decisiones racionales volitivas. Pero no, lamento comunicarles que no se controlan. ¡Bah!, ya lo saben. Son previos. No se controlan. Y en el caso del amor, casi siempre el padecimiento tiene que ver con que, aunque todo cálculo nos indicara, en la situación que sea, lo inoportuno de enamorarnos, sin embargo no nos importa: nos enamoramos igual, y para peor, de lo más inconveniente. La tragedia de lo humano: aunque demostremos que no nos conviene, lo hacemos igual. Es más; cuanto menos nos convenga, más nos impulsa el deseo de ir por lo inconveniente. Y lo peor es que no se entiende bien por qué… Son pocos los ámbitos donde obramos así, donde el cálculo no incide directamente en la acción. Pocos o ninguno. Nadie haría eso si tuviera que invertir su capital, su dinero, por ejemplo. Nadie iría con la guita que juntó toda la vida si le dicen “no te conviene invertir acá”. Nadie diría “no importa, no puedo, algo que no sé qué es me lleva hacia allí, así que invierto”. ¿En lo inconveniente?

De algún modo, cuando uno ama se pelea con esa lógica. El amor es an-económico. Y sin embargo, eso no significa que no sostengamos muchas relaciones atravesadas por la lógica del cálculo y la economía; y las convirtamos en amor y creamos que eso es amor. Y seguramente los que viven así  son más felices que los que padecemos el amor, porque además de hacer economía con el amor creen que es amor. Y listo. ¡Un día se murieron, y ni se enteraron! Y en el medio hicieron negocio… Con los afectos pasa algo —de nuevo— trágico, algo que uno no puede manejar, que nos excede; trágico en ese sentido. Salgamos del amor con la pareja y llevémoslo a cualquier ámbito que tenga que ver con lo que uno hace. La vocación, por ejemplo. Otro lugar donde también se juega la cuestión del cálculo.

Ahí tenemos un primer Boca-River: el amor y el cálculo, el amor y la economía. ¿Quién no recuerda los dilemas que uno tenía —debe haber chicos y chicas aquí de diecisiete o dieciocho años— cuando debía elegir qué carrera estudiar? Poníamos en un costado del ring a “yo quiero, yo deseo estudiar esto”, pero —en el otro costado— “la economía, la salida laboral, la presión social que me marca lo conveniente”. De nuevo, lo que ahí entra en juego es el amor, o lo que no entra en juego. O lo que entra en juego al no entrar en juego. Así, en la elección de una carrera es mucho más simple darle la espalda al amor y dedicarse a lo que finalmente la economía indica que es mejor. Y hacer una carrera. Y ganar mucha plata. Y ser feliz. El amor es otra cosa, nos decimos. Pero hasta incluso la felicidad en este caso tendría una definición en términos económicos, o si quieren, en términos farmacológicos: nada calma más que encajar donde se debe.

Filosofía bailable. Sztajnszrajber en escena.

Claro que ese amor, que es otra cosa, irrumpe en cualquier momento. Y lastima.

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No quiero preguntar para no bajonear, pero en estos cursos de filosofía suelo tener una mayoría importante de profesionales de otras áreas. No digo que no tengan vocación por lo que hacen, pero evidentemente hay algo más que se juega ahí, en esa fragmentación incesante que nos constituye: una necesidad de encontrarse con otra cosa.

Pero, bueno, es mucho más fácil darle la espalda al amor por una vocación que al amor por alguien que me atrapa, que me perturba; y que racionalmente uno entiende que no debe perder ni tiempo, ni energía, y sin embargo no puede. Tiene algo de impotencia el amor. Así como es la expresión más acabada del poder, de lo que me impulsa a poder, de lo que puedo; es también la sensación de lo que me trasciende y frente a lo cual solo cabe el padecimiento.

Si el amor tiene algo de impotencia, entonces es una pasión. Y como es una pasión —en griego, pathos— tiene que ver con algo que se padece, que no lo decido. Por eso el amor me toma. Quiero volver a ese aspecto de autonomía racional, de autodominio, que en el amor parece colapsar.

¿Por qué la impotencia? Autonomía, en griego, significa “que uno se da sus propias leyes”. Mi autonomía, mi autodeterminación me indica claramente lo oportuno o inoportuno de enamorarme de vos. Y sin embargo, esa autonomía colapsa. ¿Por qué? Porque no pasa por una decisión racional. Me cierra mucho más la metáfora mitológica que explica al amor. La metáfora mitológica pone más el acento en que uno no elige en el amor, sino que el amor lo elige a uno.

¿Qué significa que el amor lo elige a uno, que es una pasión? Analicemos la palabra pasión, asociémosla con la idea de ser pasivo. La pasión tiene su origen en esa explicación mitológica: padecemos las pasiones porque los dioses nos toman y nos hacen su objeto. Por ejemplo, a uno le sobreviene el enojo: es como que el dios del enojo me toma y me hace enojar. No lo decido. De nuevo: el cálculo racional me indica que, la verdad, es al pedo enojarme, pero me enojé. Y me enojé.

Hoy me enojé cuando venía a Rosario con el tiempo justo y el micro paró media hora sin ningún aviso previo. Y ahí quedamos, todos arriba del micro esperamos media hora sin saber por qué. Preguntábamos y nos decíamos que ya se resolvía el asunto, pero iban pasando los minutos y no pasaba nada. Me fue tomando como un enojo, no tanto por la demora sino por la falta de información, el derecho del pasajero, el tiempo desperdiciado de vida frente a los minutos efímeros que me restan antes de la muerte. En realidad, todo se resolvía con solo avisarnos sobre lo que estaba sucediendo… Pero no. Entonces allí, uno se dice, mientras va contando los minutos que se alargan elásticamente y se enoja de su propio enojo: “A ver, Darío, racionalmente es al pedo que padezcas, ¿para qué te vas a enojar? Hay cosas que te exceden. Vas a entrar en una discusión… Aprovechá el tiempo para leer, preparar la clase de la semana que viene, hacer algo o relajarte”. Pero no. Uno se queda en el vaivén entre el enojo y los minutos eternos. Ojalá uno pudiera dominarse a sí mismo. En cambio, ¡estábamos todos golpeando la puerta! Porque, además, entre muchos es peor, nos vamos cebando.

El enojo te toma. Finalmente, el micro arrancó. Pero de nuevo es esta idea de que hay algo externo que me toma. No pude conmigo mismo. Ni yo ni ninguno de mis compañeros de viaje.

Es el mismo esquema el que se produce en el amor. Está tan claro que no y sin embargo sí. Está tan claro que no es con vos y sin embargo me podés. O será que tal vez habrá que empezar a desconfiar de las claridades. Hay algo que te toma. Lo podés analizar y comprender, pero ese trabajo a lo sumo lo descomprime un poco. ¿No será siempre el amor justamente aquello que siempre nos excede? O al revés; ¿no se transformará el amor en otra cosa de sí cuando lo comprendemos? ¿Y no será entonces siempre lo que sigue quedando afuera aquello que irrumpe como amor?

Perdón por empezar hablando del amor en términos tan pesimistas, pero bueno, se supone que una clase busca esclarecer… Es que en el amor está recontraclara la cuenta que uno hace acerca de la utilidad o la inutilidad de embarcarse en un vínculo, pero mucho más claro es que la cuenta te la metés en el bolsillo. Porque por más cuenta clara, ella o él pasó enfrente tuyo, oliste… y fuiste. ¡Un olor! Solo un olor… Recuerdo los famosos poemas de Petrarca, el renacentista, los poemas a Laura: parece que Petrarca cuenta que estaba en el mercado un día cuando pasó una mujer con una cabellera negra; él la vio medio de costado, la olió, la miró pasar y se enamoró. Hermoso enamorarse de un olor y una cabellera. ¿Su nombre? Laura. Al otro día, desesperado, la fue a buscar. ¿Y saben qué? ¡No la encontró nunca más en su vida! ¿Qué hizo entonces? Le escribió miles de poemas, el Cancionero: son los poemas para Laura. Fíjense con lo que uno se puede enganchar. Y cómo esa ausencia se hizo poema.

Tal vez todo el problema del amor resida en esto, ¿no? En aquello con lo que uno se engancha del otro, más allá de lo que el otro expone. Esa idea lacaniana de que el que ama está buscando algo que no sabe qué es, pero tampoco el amado sabe qué es lo que trae.

Déjenme que agregue entonces otro adjetivo: el amor tiene algo de espectral, de fantasmagórico. Es un poco la clave de lo que vamos a tratar de dilucidar hoy. ¿De qué me enamoro? ¿De quién me enamoro? ¿Me enamoro de alguien en concreto? ¿Me enamoro de un otro? ¿O me enamoro de una construcción, o proyección fantasmagórica que hago yo, en el otro, de mí mismo: de mis carencias, de mis necesidades, de mis frustraciones, incluso de lo que no puedo dar cuenta?

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Petrarca quería escribir y fue Laura; pudo haber sido cualquiera. Que haya sido Laura, o no, puede tener una explicación —si quieren— especial.

La explicación especial no hace más que acrecentar la idea de que tenía que ser Laura, pero es una autojustificación al interior de la autojustificación. En definitiva, Petrarca quería escribir: fue Laura y, si no, hubiera sido cualquiera. Ahí hay un fantasma. Lo que pasa es que —como buen fantasma— una vez que uno les da vida y los arroja a su existencia, cobran cierta autonomía. Y bancátela después. Porque objetivaste al fantasma: lo exteriorizaste, le diste vida, necesitás de su autonomía para que el amor impulse la búsqueda. Como en la muerte de Dios nietzscheana, hay que olvidar que el fantasma es una ficción. Hay que olvidar que todo es una ficción. Y ahí anda, yirando el fantasma en busca de su revancha, porque no nos olvidemos lo que nos contaban de chicos: los fantasmas no son buenos.

Asedian, molestan, asolan.

¿Con quién tiene que ver el amor? ¿Con uno, o con el otro? Es la única pregunta. Podríamos terminar acá. O podríamos hablar solo de esto. De hecho, vamos a hablar solo de esto, pero dando rodeos, vueltas, como se hace en filosofía. ¿Tiene que ver conmigo o tiene que ver con el otro? ¿Hay algo más en el amor? ¿Hay alguien más en el amor?

En principio, hay una prioridad histórica en el vínculo amoroso del yo por sobre el otro. Y una gran mentira estructura nuestras relaciones amorosas: decimos que en el amor la prioridad es del otro, pero no hacemos otra cosa que priorizarnos a nosotros mismos. Eso tiene una explicación técnica en el psicoanálisis, en la filosofía y hasta en neurobiología. Pero en la calle se llama trucho. Trucho.

Porque, si uno realmente cree que el amor tiene que ver con el otro, comienza una aventura fascinante; dolorosísima, pero fascinante. ¿Por qué dolorosa? Porque el otro duele. Por eso, si uno quiere poner entre paréntesis el dolor, prioriza el yo, y acomoda al otro a lo que uno necesita para su propio despliegue y su propia expansión, o sea, para su propio alivio.

Ahora, si uno partiera de una idea de la otredad donde el otro —que me excede, que me desborda—, desde su necesidad y diferencia, es quien me provoca ese dolor, ahí hay entonces un fascinante desafío. El acceso al otro se torna muy difícil, si no imposible. Ya veremos las formas en que ese acceso se intenta infructuosamente dar, pero en principio el acceso al otro se vuelve complejo porque el otro es un otro, y va obturando así las vías con las que mi yo está acostumbrado a relacionarse con la otredad. Vías que tienen que ver con la economía, la conveniencia, con mi ganancia, con mi crecimiento, con mi supervivencia. Tienen que ver conmigo y con los modos con los que hago del otro algo que me sea funcional. Tomo del otro lo que me sirve y el resto sobra. La verdad del otro está en esa sobra. El otro sobra.

¿Para qué amo? Cuando me pregunto para qué amo y pongo el acento en el yo, estoy tomando una decisión: me estoy priorizando a mí mismo.

Además, ¿por qué pensar al amor en términos de utilidad? ¿Tiene un para qué? ¿Es que todo tiene que tener un para qué? ¿Y para qué todo tiene que tener un para qué? ¿No habrá otra forma del amor, un otro amor, un amor revolucionario que nos pueda sacar del dispositivo de la teleología, de la lógica de la productividad? ¿Y si el para qué del amor es que colapse todo para qué?

Si uno realmente se da el desafío de intentar plantear el amor desde la prioridad de la otredad, hay un único camino: el amor comienza en un acto de desapropiación. La exterioridad, la alteridad irreductible del otro, me exige —para relacionarme con él sin fagocitármelo, sin comérmelo, sin hacerlo un medio para mi propia expansión— un acontecimiento de despojamiento, de desapropiación de mí mismo. Ese amor por el otro, cuanto más por el otro es, más me saca de mí mismo, más hace ruido en todo lo que yo hasta ese momento creía que eran mis prioridades.

Claramente el punto extremo de toda desapropiación es la propia disolución. Me desapropié tanto de mí mismo que ya no tengo nada que dar porque ya no soy nada. Extremo paradójico y ambiguo cuya manifestación imposible es la de morir por amor. Y digo imposible en dos sentidos. Por un lado, porque como dice Derrida “nadie puede morir por otro”: morimos por nosotros mismos, morimos siempre cada uno. Pero además, si el acto de entrega fuera tan extremo que culminara en mi propia disolución, se volvería entonces un acontecimiento paradójico, ya que a partir de ese momento ya no podría, dada mi muerte, seguir amando. Estaría impidiendo que ese acto infinito de entrega por el otro continúe. Por todos los caminos alcanzo limitaciones, esto es, aporías, zonas de indefinición donde el límite se vuelve difuso y el razonamiento no se resuelve. El idealizado y romántico polo imposible del morir por amor nos muestra sus problemas: no solo se terminaría la posibilidad de seguir amando sino que además no dejaría de ser un acto de absoluta prioridad del yo. Tal vez la figura que se ajustaría mejor sería la de la eterna agonía: hasta me debo seguir reproduciendo a mí mismo infinitamente para seguir muriendo por vos. Tremenda imagen… Sin embargo, hay dos relatos famosos sobre el morir por amor que penden como idealizaciones en la construcción de nuestra subjetividad afectiva. Ambos traumáticos. Por un lado, Romeo y Julieta. Está claro que toda idealización suele ser la proyección de una plenitud supuestamente alcanzable que estaría guiando el desenvolvimiento de nuestras acciones: se parte por ejemplo de un ideal de amor y se tiende en todas nuestras prácticas hacia su realización. El problema empieza cuando, a pesar de toda la intención, nos vamos dando cuenta de que, cuanto más aspiramos a alcanzarlo, más nos negamos a nosotros mismos. Conciencia invertida del mundo, diría Marx: hay amor ideal, pero no es para nosotros (según una conversación de Kafka que recuerda Agamben: hay esperanza, pero no es para nosotros). Es porque no es. ¿Qué expresan las idealizaciones sino la imposibilidad de amar aquí en la Tierra, con todas sus contradicciones, contrastes, miserias, contingencias? Está puesto tan arriba el amor que después todo amor mundano se nos vuelve una cagada, y esa aspiración nos ensueña y encierra en un amor cuyo partenaire es uno mismo idealizado, esto es, sin todas nuestras mierdas.

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