Barandillas Camas Niños será una cosa del pasado y he aquí por qué | barandillas camas niños

El abuelo tosía mucho. Por otra parte, era lo único que hacía, siempre en aquel sillón de madera con el asiento de anea. Un sillón rústico y sólido, pintado de un negligente color azul, un poco intempestivo. Un color que nunca fue propio de los sillones. Sólo dejaba de toser el abuelo cuando fumaba, pero nada más apurar el cigarro de infame picadura, que él mismo liaba y ensalivaba, reemprendía su dedicación exclusiva. No puedo decir que su tos fuera inconfundible, ya que no podía confundirla con ninguna otra. En mi vieja casa de la calle Lagunillas no tosía nadie: ni mi abuela, ni mi tía María, ni mi tío, ni mi padre, ni mi madre…

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Nunca le tuve un cariño especial al abuelo. Había sido un buen cazador y un magnífico bebedor de aguardiente, según los anales de la familia, pero ya estaba sonado, quieto en aquel sillón cómodo y absurdo, como algunas convicciones religiosas. Además, a veces me llamaba Bartolomé. Al parecer, tuvo un hermano que se llamaba así, al que quería mucho y murió muy joven. Se conoce que, en la bruma de la vejez, se le venía a la desvencijada cabeza el hermano aquel que murió pronto. No como él, que estaba allí, viviendo o durando, frente a un balcón por donde entraba el sol vitalicio de Málaga.

Frente a otro balcón estaba yo, siempre a lomos de un caballo de cartón, enjaezado de lo mismo. Los juguetes de los años treinta pinchaban. Eran todos de lata, salvo los camiones de madera, con su conductor hierático, siempre de perfil, y un rostro muy parecido al del ex ministro señor Boyer. Yo prefería los briosos caballos de cartón y todos los años le pedía uno a los Reyes Magos, que, justo es decirlo en su triple honor, no me fallaron nunca. Llegué a tener un hipódromo. Si bien los caballos de cartón son los únicos que he montado en mi vida, nadie puede dudar de mi vocación de jinete.

-Bartolomé parece tonto —dijo el abuelo, entre tos y tos—, se pasa las horas muertas subido en el caballo.

No me gustaba jugar en la calle. Prefería las cabalgadas de cartón frente a aquellas persianas verdes por donde se colaba el sol dejando en los ladrillos un morse de puntos y rayas que fue el primer alfabeto de mi infancia. Yo era un niño tímido y flaco y ahora no soy ninguna de las tres cosas. Bastan sesenta y tantos años para cambiar a cualquiera.

Cuando yo era flaco, tímido y niño, Málaga tenía unos 180.000 habitantes. Quiere decirse que mi presencia no era necesaria. Al menos, no era estrictamente indispensable. No se sabe por qué, pero en Málaga siempre da la impresión de que sobra gente. Basta transitar por la calle Nueva para que uno sospeche que hay personas que están repetidas. Para situar estos recuerdos debo referirme a cómo estaba la situación. En aquel entonces, que a mí me parece que fue ayer, pero no fue ayer, sino en 1928, sólo hacía siete años de la terminación del pantano de El Chorro, nuestro Cañón del Colorado con barandillas. Y sólo cinco desde la inauguración de la Fundición de Plomo de los Guindos. Y dos desde que empezara a publicarse la revista ‘Litoral’ y desde que empezaron los problemas de la Industria Malagueña Textil, más conocida entre nosotros como la Textil, que aquí le echamos mucha amenidad a los acentos y a nadie se le ocurre jugar al dominó, sino al dómino, que es más divertido.

Había cada año 1.750 nuevos malagueños. La tasa de natalidad era del 30,5 y la mortalidad, del 21,6. Crecía la ciudad, por lo tanto. Las reformas urbanas en tiempos de don Miguel Primo de Rivera inflaban y degradaban los barrios, pero eran irremediables. La renta per cápita estaba muy por debajo de la bajísima media nacional y las ocupaciones de nuestros paisanos, también a nivel provincial, se distribuían de una manera que no conduce directamente al progreso: el 59 y algo por ciento se dedicaba a la agricultura, el 20 y pico a la industria y más del 19 a los servicios. Lo peor era el analfabetismo. Entre los años 20 y 30, daba Málaga un 73 por ciento, mientras la media nacional era del 43, que ya está bien. Nadie puede decir que no hayamos ido a mejor, pero los cálculos actuales son equívocos, ya que ahora hay muchos analfabetos que saben leer y escribir.

He dicho que pertenezco a la cosecha del 28. Nací un 10 de enero, martes, a las siete de la mañana, que no son horas para que un desconocido se presente en casa de nadie. En aquel remoto mes de enero pasaron muchas cosas, como es natural. Charlot estrenó ‘El circo’, a Trotsky lo expulsaron de Moscú, debutó en España Carlos Gardel, murió Blasco Ibáñez y, en los Estados Unidos, Paulino Uzcudun le ganó por K.O. a Pat Lester. Andando el tiempo, que no sabe estarse quieto, traté bastante a Paulino. Era brutísimo. Se apoyaba en una garrota, estrujaba limones enteros apretándolos con una mano hasta que desaparecían por completo y hablaba mal de todos los boxeadores españoles, salvo de Ignacio Ara. Se le entendía poco. Su idioma era una mezcla de vasco de caserío, inglés de América y español de gimnasio. Sonreía con mucho oro en la boca, como si masticara relojes, habría dicho Ramón Gómez de la Serna. Se había enfrentado a siete campeones del mundo y era Uzcudun. El gran Paulino Uzcudun.

Intento una memoria personal, sin el rigor de mi amigo Julián Sesmero, que tanto ha hecho y hace contra el olvido malagueño. Recuerdo la obsesión de mi madre, de todas las madres. A la salida del cine decían:

-Tápate la boca, niño. Por el contrario, en la casa, decían:

-Niño, abre la boca. Bastaba una ojeada para el diagnóstico.

-Tienes el estómago sucio.

A los niños de antes de la guerra nos ponían muchas lavativas y, sobre todo, nos purgaban mucho. El purgante de mayor éxito en Málaga era el agua de Carabaña, que producía un escalofrío peculiar, desde la nuca a los talones. Era mejor tomarlo de un trago que a sorbos, pero también era imposible hacerlo. Cuando no nos purgaban era porque estábamos constipados y entonces había que aplicarnos yodo en el pecho, en simétricos barrotes. Allí se quedaba el tratamiento, como una reja herrumbrosa adherida al esternón, hasta que el resfriado se pasaba por su cuenta.

En el colegio, antes de aprender nada, era preciso trazar interminables hileras de palotes bien alineados y, sobre todo, derechos, muy derechos. Con plumas marca La Corona todos los escolares de entonces éramos Perico el de los Palotes. Sólo cuando ya habíamos hecho kilómetros de rayitas en los papeles pautados nos consideraban dignos de hilvanar la caligrafía, de cantar a coro la tabla de multiplicar y de distinguir en los mapas de hule las satinadas provincias españolas, cada una de un color, como ahora con las autonomías. Los curas de entonces, por lo menos los reverendos padres agustinos, eran partidarios de los castigos corporales y nos ponían de rodillas por hablar en clase. A veces, sólo de rodillas; otras, de rodillas y con los brazos en cruz; otras, de rodillas, con los brazos en cruz y con un libro en la palma extendida de cada mano. El libro solía ser uno titulado ‘Tesoro de conocimientos útiles’, de contenido absolutamente estúpido, pero muy gordo. Aquellos pedagogos, que Dios haya perdonado, eran todos viejos, ya que la Orden, piadosamente, destinaba a Málaga, por su glorioso clima, a los que estaban a punto de cascar. Procedían, casi siempre, de Castilla, y se llamaban, por lo general, con nombres terminados en ino: el padre Maurino, el padre Saturnino, el padre Victorino… Ya se sabe que hay pueblos donde a los recién nacidos se les impone el nombre del santo del día. Caiga quien caiga.

En los exiguos minutos destinados al recreo jugábamos en el patio del colegio a la pelota, como los niños de todas partes, y a una cosa muy aburrida, llamada «el salto del palo», no sé por qué. Consistía en hacer sucesivamente de potro y de atleta que salta el potro, sin ser ninguna de las dos cosas. A la puerta del colegio se vendía regaliz, que era como la semilla del árbol de la negritud, altramuces de boca de pez, chufas y caramelos, que duraban poco. En las casas jugábamos con soldaditos de plomo que tenían uniformes de la primera guerra mundial. En aquel tiempo había freidurías de pescado y más coches de caballo que coches. Los basureros venían en un carro tirado por un burro y a los enfermos muy graves se les llevaba a casa el viático, lo que no sé si les daba mucha moral. En las calles nos divertíamos clavando perras gordas de cobre venenoso en la cañadú o guerreando con otras tribus párvulas sin más armas que las cerbatanas que disparaban certeros huesos de almensinas. Más emocionantes eran las pedreas, pero producían muchas bajas.

En mi casa se rezaba el rosario todas las tardes. La culpable era mi tía María, que arrastraba con su afición al resto de la familia. Era la persona más buena que he conocido en mi no corta vida, pero, naturalmente, no por eso.

-Vamos a rezar el rosario —decía, con una sonrisa que usaba siempre que se dirigía a alguien.

-Pero tía, ya me han hecho rezarlo en el colegio.

-No importa —decía, con toda la dulzura del mundo y con alguna que no era de este mundo.

Estaba convencida de que repetir avemarías y más avemarías no perjudica a nadie.

Se llevaban mucho las visitas. Y a veces venía don Antonio, que me regalaba anises.

-Joé, qué día. Hace frío hasta en la calle —decía don Antonio.

Por aquellas fechas me confirmaron. El catecismo Ripalda aseguraba que entre una persona que estuviera sólo bautizada y otra que, además de haber recibido el bautismo, estuviese confirmada, iba la misma diferencia que entre un niño de pecho y un varón fuerte y robusto. La distancia era considerable y mis padres, con muy buen criterio, decidieron que yo fuera como un varón fuerte y robusto. Falta me hacía, porque era bastante enclenque. Acudimos en manada a la Catedral todos los niños del colegio y nos confirmó el señor obispo, cuyo nombre también terminaba en ino: don Balbino. Tenía pinta de buena persona y un rostro que me recordó a las tortas de Algarrobo.

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Un día hubo en la casa un revuelo inusual.

-Han matado a Flores Arocha.

A mi abuelo le dio la tos cuando iba a decir algo. Mi padre dijo que no se trataba de un bandido generoso, sino de un tipo sórdido que había asesinado por cuestiones de herencia y por venganza. Lo cierto es que era el último bandolero con leyenda de la serranía y yo deploré que se lo hubiera cargado la Guardia Civil. Claro que, sesenta años después, la Benemérita se hubiera apuntado otro tanto si se carga, en el buen sentido de la palabra, a Roldán.

Mis momentos más felices en la primera infancia, o sea, hasta que supe que no eran los Reyes Magos los que me regalaban mi anual caballo de cartón, los pasé en los Baños del Carmen. Recuerdo la pizarra, a la entrada, donde se advertía la temperatura del agua. Recuerdo al bañero que me enseñó a nadar. Se llamaba Pedro. Era un hombre alto, fuerte, lleno de dignidad, que hablaba lo imprescindible. Me anudaba a la cintura unos corchos, como cartucheras, y no me quitaba ojo. ¡Ay, mi cintura de corcho en los Baños del Carmen! Un día de temporal tuvo que salvar a un bañista, el único que se atrevió a meterse en el mar, para presumir ante la zona de caballeros y para lucirse ante la zona de señoras, que entonces los sexos bañistas estaban separados por un tabique de madera. Lo pasó mal Pedro para rescatar de las olas a aquel remoto gilipollas. Me acuerdo de cómo lloraba su vieja madre cuando, jadeante, lo depositó en la orilla.

También me llevaban alguna vez a los Baños de Apolo, que eran como un salón con el suelo de agua. Un trozo del Mediterráneo recluso, entre maromas. No se podían comparar ni los de Apolo ni los de La Estrella con los Baños del Carmen, que era el sitio mejor para ver delfines y a mí lo que más me gustaba era ver delfines y los cucuruchos de patatas fritas, calientes de sol malagueño, a la salida.

-¡Delfines!, ¡delfines! —gritaba todo el mundo.

Dicen que los delfines son los perros del mar. Yo ignoraba entonces que tuvieran un lenguaje y que los miembros más jóvenes cuidaran a los que llevaban más tiempo mar adentro. En recuerdo de aquellos delfines de mi niñez tengo ahora un ex libris con dos delfines, sacado del retablo principal del palacio de Knosos, que se conservan en el Museo de Heraclio, allá en Creta.

A los tranvías se les salía el trole y obligaba al conductor a apearse para ensartarlo de nuevo en el aéreo raíl. Llevaban aquellos tranvías amarillísimos un trozo de playa. Arena dorada junto a la manivela de reluciente cobre.

-No sé qué tendrá el verano—decía un señor que viajaba en la plataforma— que le gusta a uno hasta su mujer.

Por las calles había mucha gente practicando sus nobles oficios: paragüeros, lañadores, afiladores. Oficios perdidos, como recoveros y cosarios… También había mucha gente que no hacía nada. Por lo general se refugiaba en los establecimientos conocidos por La Campana, culpables de que haya tantos paisanos nuestros absolutamente groguis. La mezcla de vinos oriundos, con su cariñoso sabor a pasa, con otros más secos produce efectos devastadores y explica por qué hay malagueños que van por la calle regañándole al aire. Pero lo que realmente confería personalidad a las calles de entonces eran los pregones.

-Niña, ¡pa el chupa y tira!

-Niña, ¡las coquinas!

-¡Hules y plumeros!, ¡tapetes de hule! —gritaba un hombre envuelto en su propia mercadería.

Una mujer que vendía muñequitas de barro estimulaba su adquisición ponderando su fácil mantenimiento.

Niña, que no se viste!, ¡niña, que no come!

Ni que decir tiene que el «niña» era un tratamiento genérico, independiente de la edad de la presunta compradora.

El ‘Arrojaíto’ gritaba por las esquinas:

-¡Gloria y orgullo de los pintores malagueños!

-¡Llévate el matrimonio, niña!

El «matrimonio» lo formaban el perejil y la yerbabuena.

Había un pregón sintético y conminativo:

-¡A los frescos!

Todo el mundo entendía que se trataba de chumbos, «gordos y reondos». En cambio, en los puestos de «asandías mu colorás», el pregonero hacía constar el triple servicio que prestarían:

-¡Se come, se bebe y se lava uno la cara!

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-¡El aseo del pirulo!

Consistía en un palitroque y una redecilla, unidos por un cordel, para impedir que los insectos se colaran en el botijo.

-¡María, la sal molía!

Una manera muy poética de pregonar las biznagas era gritar «Se vende olor». También había una mujer en el Parque que vendía, a perra chica, «agua tierna». En cambio, alguien chillaba ofreciendo comprar «dentaduras postizas, galones de militares y cosas de ‘dublé’», que no sé qué será o qué sería. También recuerdo al vendedor de «lanzaeras y canillas», al que ofrecía «aceite pa las máquinas», supongo que sería para las máquinas de coser, ya que la Singer fue nuestra única revolución industrial, y al que compraba «plata, oro, zarcillos y monedas falsas». De todos modos, el vendedor callejero más infatigable era el ‘Percha’. Resonaba por las bocacalles su grito castrense: «¡Persch!», «¡Perchchchs!».

No puedo asegurar haberlo visto, pero el caso es que lo recuerdo: había un tipo que iba con un reloj colgado del pecho mediante una guita, que enarbolaba un hueso de jamón con bastantes adherencias frente a los balcones pobres. Lo alquilaba por minutos estrictamente controlados y su pregón parecía el título de un libro de Zubiri:

-¡Sustancia!

Nadie cree que cualquier tiempo pasado fuese mejor. Ni don Jorge Manrique, gran poeta y excelente hijo, al que siempre se cita mal, omitiendo el verso anterior: «cómo a nuestro parescer cualquiera tiempo pasado fue mejor», o sea, qué equivocados estamos para creer tal cosa.

En las casas normales de aquella Málaga de mi niñez no había cuartos de baño. Tampoco había papel higiénico. Su misión la cumplían los periódicos atrasados (mi tía recortaba las cruces de las esquelas). En cambio, había lebrillos, barreaos, balanzas, pesas… todas las casas eran como la Casa de Bernarda Alba y todos los entierros era como el entierro del Espartero, con muchos caballos negros, con negros atalajes y negros plumeros.

En la puerta de mi casa se paraba diariamente un cabrero con su hato. Mi abuela bajaba con un cacharro de aluminio bastante grande y le ordeñaban una cabra muy sensata, que no oponía resistencia. A la abuela, que vivió noventa y muchos años y jamás se puso una inyección, le gustaba la leche de cabra y el aguardiente Machaco, pero sólo abusaba de la leche.

-Han matado a Calvo Sotelo —dijo mi tío, demudado, nada más entrar por la puerta.

-¿Quién es Calvo Sotelo? —preguntó mi abuela.

-Pero, madre, ¿no sabe usted quién es Calvo Sotelo?

En aquel tiempo, los hijos le hablaban de usted a los padres y a las madres, que sólo se dejaban tutear por los nietos.

-¡Ah!, sí, el político ese…

-La que se va a formar —dijo mi abuelo, llevándose la mano a la frente. Luego tuvo un golpe de tos. Cuando se le pasó, volvió a repetirlo:

-La que se va a formar.

Recuerdo aquellos dedos amarillos de nicotina en la frente y aquel gesto como de soplar una vela invisible.

Y se formó. Vaya si se formó. Ya no me decían que hiciera «mandados»: Dos pesetas de jamón, jarabe para la tos del abuelo, ruedas de tejeringos ensartados en un junco, que venía a ser como la pulsera de los desayunos…

Se acabaron los artesanos helados caseros, que se hacían a brazo, en una especie de barril con manivela de organillo, y sal, mucha sal. Primero se acabaron los helados, o sea, el postre, y luego la comida propiamente dicha. Las papas se convirtieron en un remoto tesoro dorado y fueron sustituidas por las papas de menta, que eran como el moco de King Kong, o bien por las batatas. Odio las batatas desde entonces. Se comían fritas, que no es lo suyo. El pan nuestro de cada día fue ignominiosamente suplantado por unas bolas amarillas de maíz pensativo o bien por un apócrifo bollo blanco, más pesado que el libro ‘Tesoro de conocimientos útiles’. Recuerdo la emoción que suscitaba el gazpachuelo, más que nada por saber a quién le tocaba la clara. Un fragmento de clara.

Había gente que comía menos que nosotros, a juzgar por su aspecto. Recuerdo que una vez tiré desde el balcón una piel de batata, que era como un trozo de sequía o unas sílabas de elefante, y algunos niños del barrio se la disputaron con ahínco. Había empezado la más incestuosa de las guerras. Eso era todo. Ni aquellos comensales ni yo sabíamos aún que toda guerra en Europa es una guerra civil. Tampoco sabíamos, ¿cómo íbamos a saberlo?, que, a la larga, las guerras civiles las pierden los dos bandos.

-¿Sabes a quién le han dado el «paseo»? A don Antonio.

El «paseo» consistía en sacar a alguien de su casa y matarlo en el camino, preferentemente en las tapias del cementerio, quizá para ahorrarle el trayecto. Sentí mucho que le dieran el «paseo» a don Antonio, que era el señor afable que me regalaba anises. Ya no iba por la casa el santero, un tonto terminal que llevaba una imagen en una caja de madera, acristalada en su frontal, y la dejaba allí unos días, previo pago de su importe. En cambio, venían más pobres. No se les daba ya pan duro, porque no había pan. También venían desconocidos, a practicar registros. A mí me parecían personas desagradables, quizá por su indumentaria, con pañuelos anudados al cuello, quizá porque empuñaban fusiles Mauser, quizá por la seguridad con la que entraban.

Una ventaja tuvo la guerra para los llamados «niños de la guerra», que somos los viejos de ahora: no había que ir al colegio. No era necesario confesarse con aquellos curas que mostraban un exagerado interés estadístico.

-¿Cuántas veces?

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Nadie llevaba la cuenta. De niño no se llevan esas cuentas. Todavía, de mayor…

Empezaron a bombardearnos la infancia. Recuerdo el día de los «nueve aparatos». En Málaga se llama «aparato» a todo lo que funciona, ya sea un teléfono —«al aparato» decía el que descolgaba el auricular—, ya sea un avión. Los cañones antiaéreos disparaban siempre alrededor de los aviones y le invantaban al cielo malagueño unas leves nubecillas blancas que se disolvían muy pronto. Nunca vi derribar un avión, ni de García Morato ni de ninguna otra escuadrilla.

Lo más avanzado en materia de fortificaciones eran los refugios. Cuando empezaban los bombardeos había que bajar al «refugio» y aglomerarse en el piso bajo, entre sacos terreros.

-Qué mal se llevan los mayores —pensaban mis ocho años en alpargatas, porque todos llevábamos alpargatas, bien de suela de cáñamo, bien de suela de maloliente goma negra. Así que mi infancia, además de bombardeada, estuvo recauchutada.

Mi familia se agrupaba por las noches para oír la radio, que era como un confesonario liliput, con una tela de saco sobre el dial, las charlas de Queipo de Llano. A veces le echaban una manta a la radio, para que no se oyera nada fuera, y metían la cabeza, como si estuvieran haciendo inhalaciones. El general cantaba victoria antes de tiempo y hacía pareados malísimos: «El miliciano Remigio, que para la guerra es un prodigio». O chistes basados en la ambivalencia fonética de alguna palabra: «La flota marxista, que flota de milagro»…

A mí me daba igual lo que dijera aquel señor. Lo que me molestaba era ir a las colas para que me dieran un puñadito de azúcar envuelto en papel de estraza, o unas lentejas habitadas, o un trozo de jabón Lagarto. Aquellas preciosas tiendas de antes se habían tornado sombrías, con papeles engomados donde quedaban adheridas las moscas. Desaparecieron las barricas de arenques adosados, de oro y de sombra, como un retablo hecho astillas. Desaparecieron los estandartes salobres de los bacalaos que pendían del techo y desaparecieron los aceites de distinto color, que subían y bajaban en aquellos cilindros de cristal que se manejaban con émbolos. Desapareció todo. Hasta los palmitos y las gaseosas de bolita. Unas bolitas con las que jugábamos en la plaza de la Merced Antonio Olmedo y yo, camino de nuestro barrio. Las colas. No conozco a nadie de mi generación que se haya vuelto a poner en una cola. Ni para el cine, ni para el fútbol, ni para nada. El odio a las colas es un rasgo de los «niños de la guerra».

Perdieron los llamados rojos. Ganaron los llamados nacionales. Los «paseos» se sustituyeron por juicios «sumarísimos» y se siguió matando. Combate nulo, según los historiadores. Españoles todos. No hay que extrañarse. «El día de la entrada de las tropas», tan célebre como «el día de los nueve aparatos», me llevaron a las cercanías del jardín de los monos, donde habían transcurrido, al parecer, mis dos primeros años de vida. (No llegué a conocer más que a un mono, que tenía una mala leche enorme, pero justificada. Los niños sustituían los caramelos por piedras, cosa que le decepcionaba mucho. Su venganza consistía en quitarles las gafas a las personas que se acercaban demasiado y machacárselas coléricamente.) Decía que me llevaron a las proximidades del jardín de los monos a presenciar la entrada del Ejército vencedor. Llevábamos banderitas y saludábamos con ellas a los moros y a los italianos. Mi hermano, que tendría unos dos años, era el único niño gordo de Málaga y recuerdo que los soldados triunfadores le hacían carantoñas a su paso. También recuerdo, como si lo estuviese oyendo ahora mismo, que mi tío Pepe dijo:

-Yo no creía que los tanques pudieran ir a esa velocidad.

Yo tenía dos tíos Pepes, el de las matemáticas, que fue el que dijo eso de los tanques, y el de la farmacia. Los dos eran buenísimos, pero entonces uno era el bueno y el otro el malo, ya que uno fue alférez provisional y el otro fue masón, que ahora es como ser del Betis, digamos, pero entonces tenía mucha importancia: nueve años lo tuvieron en la cárcel, después de haberles dado tantas medicinas gratis a los pobres del Perchel. La vida.

En muchas casas habían enmarcado el último parte de guerra: «En el día de hoy, cautivo y desarmado…». Fue un bestseller. Estaba en las paredes de muchísimos comedores. Se debió de hacer una edición enorme. Y allí se quedó, junto al famoso cuadro de la cena, de lata y relieve, donde a ningún apóstol se le veía el cogote. Todos daban la cara y Judas, para su más fácil identificación, tenía trincada la bolsa con la pasta. Era la postguerra infinita. Al sur de las cartas oficiales se hacía constar el número del Año Triunfal, pero comer seguía siendo un triunfo. La palabra que más sonaba era «estraperlo». También sonaba mucho la palabra «denuncia». Se empezaba a hablar del Atlético de Aviación y en voz baja, de los «maquis», que yo no sabía quiénes eran. Había una cuestación llamada «la ficha azul», se inventó la Lotería Patriótica. Los niños leían ‘Flechas y Pelayos’ y las niñas soñaban con una muñeca llamada Mariquita Pérez. Se fumaba Diana, Tritón, Bubi y un tabaco que ni siquiera tenía nombre: se llamaba «20 cigarrillos superiores al cuadrado». No se hacía constar a qué otra marca eran superiores. Había monedas de cinco y de diez céntimos y las pesetas eran de papel. Cuando podíamos, comprábamos pitillos sueltos, solicitado por sus nombres de pila: Four Haces, Luki Estriqui, Cliper Player Navicut… Lo he recordado en otra ocasión. También, cuando se podía, nuestros padres nos llevaban a un establecimiento llamado El Águila, donde vendían ropa tamaño mocito.

La memoria es una abeja muy terca y recuerdo haber recordado a Flash Gordon: era mi héroe. Y al agente X-9. En las casas entraba una revista alemana con nombre de dentífrico y temática guerrera: ‘Signal’. En la radio sonaba un himno italiano que hablaba de Adid-Abeba, bella Abisinia. Y en los noticiarios de la Fox -Fox Movietone, decíamos- aparecía un boxeador de contundente brea, Joe Louis, tumbando blancos en el primer ’round’. Cogí el tifus. Me pelaron al cero. Al niño flaco todo se le vuelven pupas. Total, que me inflaron de Polígala, Lacteol y de Ceregumil etiqueta negra.

Se inventó un peinado de mucho empaque llamado «Arriba España» y se inventó la tarjeta del fumador. También el día del «plato único». Resurgieron las mantillas, se anunciaban las «Pilules Orientales», que eran el «bonderbrac» de la época, y el traje de baño de las mujeres era de una sola pieza, con sobrefalda. Los niños también teníamos que cubrirnos el inocente pecho, donde el ostensible costillar era una especie de jaula para encerrar todas las cartillas de racionamiento. Fueron los años de máxima popularidad de Carpanta, un soñador de pollos asados para un pueblo. Las madres se ponían plantillas en los calcetines demasiado zurcidos y por la calle era rarísimo encontrarse a alguien que no fuera de luto: un brazalete, una corbata, el pico de la solapa… Se volvían del revés los abrigos, que dejaban una ignominiosa cicatriz de imposible camuflaje donde antes estuvo el bolsillo. Y se volvían del revés las convicciones de muchas personas que acudieron en socorro del vencedor, que decía Napoleón. Las mujeres llevaban hábitos, casi siempre marrones, de Nuestra Señora del Carmen. Habían hecho promesas, algo que ahora sólo hacen los políticos.

Los coches llevaban gasógeno, una especie de joroba de metal. La Alcazaba estaba en ruinas y no por culpa de los bombardeos, sino porque don Juan Temboury aún no había acometido su restauración. Todos los malagueños mayores sabemos que la Alcazaba está así desde lo que pudiéramos llamar «in illo Temboury». Los niños del curso superior nos invitaban a asomarnos, prudentemente, a la calle Canasteros, donde había unas mujeres con muy escaso sentido de la reserva. Los niños del colegio venían a mi casa a ver desde los balcones el boxeo que daban en un solar de enfrente.

Iglesias, Ruifer, Pina…

De ahí mi afición.

Jugábamos al fútbol en el Lejío, que aún no era El Ejido, y jugábamos a los botones en la mesa del comedor. El balón era un botón de la camisa y a los jugadores, o sea a los botones de los abrigos, les poníamos los nombres de los futbolistas. Un ejercicio de pulso y púa. Como para muestra basta un botón, recuerdo a Arzanegui, de la cantera del abrigo del padre de Manolo del Campo…

El Malacitano se empezaría a llamar Club Deportivo Málaga, dos nombres perdidos. Reapareció ‘El Percha’, empeñado en que los malagueños colgaran los trajes que no podían comprarse, y reapareció Matías, resumiendo en su zapatazo final todos los desfiles triunfales que habíamos visto. Otros personajes populares eran el Tírataí y el Putopedro, por mal nombre. Los cines elegantes, el Echegaray y el Goya, nos estaban vedados por razones económicas, pero teníamos las «matinés» del Málaga Cinema. Allí aplaudíamos a Ken Maynard y a Buk Jones —Buck Jones y su hermano Paco. Paco Jones, decían los niños—. Y teníamos el Excelsior. En el cine Excelsior se formaban grandes trifulcas, porque desde la zona alta se arrojaban cosas a los privilegiados espectadores de las butacas de patio. A veces había que suspender la proyección y encender las luces. Subía un acomodador a reprendernos con unas implacables zetas malagueñas.

-Que zea la urtima ve que en este zine ze ezcupe a un caballero.

Un día hubo en la casa otro ambiente extraño, como cuando estalló la guerra. El abuelo había dejado de toser. No hay jarabe para la tos más eficaz que la muerte. Allí estaba, en su cama, con un crucifijo entre los dedos amarillos. Llegó el director del colegio de San Agustín.

-Está aquí el padre Saturnino —me dijo mi madre.

-Manolo ya es un hombrecito —dijo el padre Saturnino—, que venga aquí y le rece un padrenuestro a su abuelo.

Recuerdo fijamente la vergüenza que pasé rezando de rodillas y en alta voz un padrenuestro por el abuelo, entre vecinas compungidas y llantos familiares. Era el primer muerto que veía, después de oír hablar de tantas muertes en los partes de guerra. Me di cuenta de que los muertos no parece que estén dormidos: parece que están muertos. Muchos años después, mi inolvidable maestro César González Ruano me diría que los muertos tienen cara de preocupados. Sí. Mi abuelo tenía cara de preocupación. En ese momento creo que se acabó mi infancia, esa infancia que en vano he tratado de rememorar para ustedes, queridos amigos, hermanos en Málaga. Sí. Seguro que ahí se acabó mi infancia. Lo que no es seguro es que la infancia se acabe nunca.

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Nota sobre este artículo:

Esta conferencia de Manuel Alcántara fue seguida por unas 700 personas que abarrotaron el salón Príncipe de Asturias y gran parte del espacio contiguo, en este caso, congregadas en torno a un altavoz sacado de la sala principal. Unos tres centenares de personas abandonaron el Palacio Miramar ante la imposibilidad de oír las palabras del conferenciante, que fue presentado por Salvador Moreno Peralta. El acto lo abrió el entonces director de SUR, José Antonio Frías, que presentó el nuevo curso del Aula de Cultura.

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